LA LENGUA NO ES SEXISTA

Mucho revuelo se ha montado estos últimos días gracias (o por culpa) del informe que ha presentado Ignacio Bosque, catedrático de Lengua Española en la Complutense de Madrid y miembro de la RAE, sobre «Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer», informe suscrito por todos los académicos numerarios y correspondientes que asistieron al pleno de la Real Academia Española celebrado en Madrid el pasado 1 de marzo.
Como siempre sucede cuando se trata de asuntos que atañen a la filología, hay un aluvión de críticas y opiniones, vertidas casi siempre desde terrenos externos a la Lingüística, debido, como ya he comentado en alguna otra ocasión, al hecho de que todos somos hablantes de una lengua y, quizá por ello, nos creemos capacitados a opinar y juzgar a pesar de basar nuestros argumentos sobre cimientos nada sólidos. Por descontado, eso mismo no sucede cuando los médicos o los ingenieros o los informáticos hablan y debaten sobre algún tema. Su palabra es ley, porque para ello han estudiado una carrera, ¿no? Esto, por desgracia, no pasa en temas lingüísticos.
Por supuesto, desde hace algunos años, y sobre todo con el desafortunado incidente de la exministra Bibiana Aído con su famoso y muchas veces repetido «miembras», el debate lingüístico de la discrimación por género viene adquiriendo picos de interés mediático. De ahí que la RAE se vea obligada a emitir este informe, después de ver la ingente publicación de guías y manuales sobre lenguaje no sexista, guías que, como reconoce al inicio del informe el propio Ignacio Bosque, «han sido escritas sin la participación de los lingüistas». Y es que «sus autores parecen entender que las decisiones sobre todas estas cuestiones deben tomarse sin la intervención de los profesionales del lenguaje». Además, concluye el segundo punto del informe:es fácil adivinar cuál sería la reacción de las universidades, las comunidades autónomas, los ayuntamientos o los sindicatos si alguna institución dirigiera a los ciudadanos otras guías de actuación social sobre cuestiones que competen directamente a esos organismos y, más aún, que lo hiciera sin consultar con ellos y sin tener en cuenta sus puntos de vista, cuando no despreciando abiertamente sus criterios.
De ahí nace la necesidad de redactar ese informe. Los colectivos feministas que critican fuertemente el texto de la RAE no lo han leído, o lo han leído partiendo de la premisa de que la institución que lo firma quiere ir en contra de las mujeres. Lejos de politizar más la lengua, no importa que la RAE esté formada por muchos más hombres que mujeres (treinta y siete contra cinco); la Real Academia se dedica a limpiar, fijar y dar esplendor y ese es el fin de este y otros informes, si bien este que hoy nos atañe venga obligado después de todas esas guías del hablar políticamente correcto que van en contra de la norma lingüística.
Si esos colectivos feministas y demás personas que se han tirado a la yugular de la RAE leyeran el informe (cosa que dudo que hayan hecho antes de ponerse a despotricar sobre el mismo) comprobarían que lo que se nos ha querido vender desde los medios de comunicación no es tal cosa. Como reconoce Ignacio Bosque, es una realidad «que existe la discriminación hacia la mujer en nuestra sociedad». Y el profesor Bosque se refiere a las alarmantes cifras anuales de violencia doméstica, acoso sexual, diferencias salariales entre hombres y mujeres, diferencias en el trato personal en el trabajo, distintas condiciones para acceder a puestos de responsabilidad, desigualdad entre hombres y mujeres en la distribución de las tareas domésticas, el sexismo latente en la publicidad. También existen los comportamientos verbales sexistas, algo que ya «ha sido destacado por los lingüistas en numerosas ocasiones, incluso aplicándolo al caso específico de las mujeres».
Ni siquiera hay nada que reprocharle al autor del informe cuando trata de los criterios de paridad, esas cuotas que regulan el acceso a puestos de responsabilidad que, realizando una discriminación positiva, procuran que haya las mismas mujeres que hombres en, por ejemplo, una lista que concurre a unas elecciones. Cada persona que esté donde se merezca su valía. Esa es la mejor normalidad posible. Es a lo que se habría de aspirar.Pasa a analizar en su informe el Sr. Bosque algunas expresiones que sí conllevan sexismo, como Los directivos acudirán a la cena con sus mujeres o En el turismo viajaban dos noruegos con sus mujeres, pero indica frases que las guías consultadas consideran sexistas, como por ejemplo los trabajadores de la empresa los gerentes, ya que podría causar discriminación hacia las trabajadoras o las gerentas. En ese sentido, a RAE, en los últimos años, ha hecho un esfuerzo por incorporar nuevas voces en femenino para designar oficios, como puedan ser médicanotariaarquitectabotánicamúsica, etc. Sin embargo, la misma economía del lenguaje nos impide realizar siempre esas duplicaciones: Que salgan todos los alumnos y alumnas. Esas guías consultadas para el informe advierten que ese sexismo lingüístico anula la visibilidad de la mujer. Sobre esto, dice Ignacio Bosque:
Es cierto que esta última frase [Todos los que vivimos en una ciudad grande] "no visibiliza a la mujer", pero también lo es que las mujeres no se sienten excluidas en ella. Hay acuerdo general entre los lingüistas en que el uso no marcado (o uso genérico) del masculino para designar los dos sexos está firmemente asentado en el sistema gramatical del español, como lo está en el de otras muchas lenguas románicas y no románicas, y también en que no hay razón para censurarlo.
Y de nuevo se pregunta el académico sobre la autoridad profesional, científica, social, política, administrativa que «poseen las personas que tan escrupulosamente dictaminan la presencia de sexismo en tales expresiones, y con ello en quienes las emplean».
Leyendo el informe (totalmente desprovisto de tintes políticos, únicamente centrándose en los aspectos lingüísticos), se advierte un cierto aire de ironía, como cuando se pregunta:
¿Será o no sexista el uso de la expresión el otro en la secuencia Juan y María se ayudan el uno al otro en lo que pueden? Como esta expresión tampoco visibiliza el femenino en la concordancia, cabe pensar que esta frase también es sexista. Si a un hombre o una mujer se le escapa la frase Ayer estuvimos comiendo en casa de mis padres, ¿estará siendo sexista? Seguramente sí, se dirá, puesto que el sustantivo padres designa aquí al padre y a la madre conjuntamente.
Pero es que el español no tiene una palabra particular para ese uso, como sí la tienen el inglés, el francés o el alemán. ¿Tendría que expulsar la RAE de su diccionario esta voz, y otras muchas? Solo la pregunta ya causa risa.
El problema es que las asociaciones y colectivos feministas que tan pronto pusieron el grito en el cielo cuando se dio a conocer este informe, simplemente leyeron (y sacaron de contexto) la siguiente frase: «Un buen paso hacia la solución del "problema de la visibilidad" sería reconocer, simple y llanamente, que, si se aplicaran las directrices propuestas en estas guías en sus términos más estrictos, no se podría hablar». Este no se podría hablarfue el titular de todos los periódicos, la frase que usaron como arma las mujeres (y algunos hombres, entre ellos el extertuliano de Intereconomía y actual ministro de Cultura, José Ignacio Wert) sin leer siquiera las dieciocho páginas que tiene el informe.
Peor es cuando esas mismas guías (de ahí se verifica que fueron redactadas por personas completamente ajenas a la profesión del lingüista) parecen sugerir el uso de la arroba como signo lingüístico de uso no sexista, lo cual supone una aberración en toda regla, no ya para el sentido común sino por la labor que los profesores de Lengua ejercemos desde la escuela y el instituto. Y es que solo una de las nueve guías que cita el informe «recomienda evitar la arroba como signo lingüístico en todos los contextos. Aun así, no propone sustituir L@s niñ@s vendrán a clase con ropa cómoda por el equivalente con los niños, sino con las niñas y los niños o con los/as niños/as». Sin palabras.
Por fortuna, y para ir concluyendo, diré que la lengua en sí no es sexista. Lo podrán ser algunos hablantes con sus actitudes, actitudes que el propio académico de la lengua señala al inicio y, desde luego, será sexista el uso que se le dé, obviamente. Porque, como dice Ignacio Bosque, «los juicios sobre nuestro lenguaje se extienden a nosotros mismos».

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