Así que ¿ya no tienes miedo? Entonces eres libre.

Todos tenemos derecho  una catarsis, a una revelación, a una epifanía a una anagnórisis que lo cambie todo y te reconcilie contigo mismo, con el ser que habías llegado a odiar.
Solo que, a veces, esa catarsis no llega rodeada de luz, pólvora, truenos y sinfonías angelicales o grandilocuentes. A veces solo llega con un gesto tan simple y a la vez tan complicado como mirarse a un espejo.

Lo cierto es que hasta ahora he llevado una vida más o menos cómoda, con altibajos. Conforme pasaba el tiempo, más cómodo me sentía, pero hay veces en las que cae un rayo, otras en las que un golpe de sangre te para el corazón, otras en las que un zarpazo te golpea la cara y te tira al suelo. En ese momento pude elegir poner la otra mejilla, pude elegir contratacar, pude elegir quedarme llorando en el suelo. ´

Mi elección ha sido otra: levantarme y seguir caminando.

Voy a caminar hacia otro lado y a buscar en otra parte lo que, enarbolando el miedo, las mentiras y la impostura, se me intenta arrebatar y me niego.
Van a ser tiempos duros, muy duros para mí haciendo ese camino nuevo. Sin embargo, se que cuento con el apoyo de quienes realmente me quieren o simplemente me aprecian lo suficiente como para desearme lo mejor en todo.

Veréis, he perdido el miedo a perder. Lo he perdido y no me paraliza la idea de la nada porque me he desprendido de la comodidad: he elegido ir por el camino menos transitado, el más pedregoso, el más inseguro; pues se que la meta es más brillante, aunque cueste una vida alcanzarla.

Algunos deberían preocuparse (y mucho) cuando lo sepan: no tengo miedo. Ya podéis quitármelo todo, si queréis. Me da igual, se que sobreviviré. Tengo ante mí las suficientes oportunidades de volver a empezar como para no echarme al suelo y enterrar la barbilla en el pecho mientras lloro. Y si se vieran tentados a devolverme a su redil de temores, simplemente diré "hasta nunca" y me iré. Pero ahora que, por primera vez en mucho tiempo, he dejado de sentir la angustia por la nada, me siento feliz y sobre todo me siento libre.

Me siento libre para enterrar el pasado y poner las miras en algo grande, libre de seguir...

LIBRE DE SER.

Alegoría de los Senescales Altivos.

"Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si en algún lugar no os reciben y no os escuchan, marchaos de allí sacudiéndoos el polvo de la planta de vuestros pies en testimonio contra ellos". Marcos 6, 10-11

¿Quién eres tú?-escuché con voz potente desde el rincón más oscuro de la noche- ¿Quién eres tú?-insistí yo.
-YO SOY y ante ti dispondré y actuaré conforme SOY.
En ese momento me sentí atrapado por una ola. Fui transportado a un mundo más allá del mundo. Una dimensión más allá de la gnosis.
De repente me vi rodeado de los muros de un castillo con cinco puertas. Vi legiones enteras de caballeros entrando por la puerta del sur y saliendo a las batallas por la misma. Solo que a medida que cada vez menos volvían de las batallas. Y en el interior del castillo una sala de madera roja y al fondo el señor del castillo envuelto en el humo de negros incensarios.
Los caballeros volvían de sus batallas y rendían homenaje a su señor, en su trono de madera y humo. Pero el señor les volvía la cabeza y les despreciaba.
En ese momento aparecieron cinco senescales frente al trono que escudaban con sus propios cuerpos el trono de su señor. Reían sus gracias y alababan con hipérboles su clarividencia en el cuidado de su reino, sabiendo que era mentira.
El primero de ellos lucía una máscara de terciopelo blanco ocultando su verdadero rostro carcomido por la lepra. Y de este senescal leproso no salía nada que fuera ni útil, ni real, ni valiente. Pues su única preocupación era que su máscara no dejara ver su verdadero rostro.
El segundo de ellos era el más fiel al señor del castillo y de quien no salía sino crueldad. En su mano llevaba un látigo largo hecho con sus propios cabellos.
El tercer senescal era un arribista venido a más y sin más miras que sus propios asuntos que despachaba conforme a su falta de entendimiento.
El cuarto senescal era el senescal mudo, su propia mirada fingía ser la de un caballero noble y curtido en mil batallas, pero no lo era. Permanecía oculto para todos en la parte más sombría frente al trono e incluso estaba oculto para sí mismo. Hasta tal punto que había olvidado su propia naturaleza. Triste y desgraciado hombre que había olvidado quién era.
Y el quinto senescal era el senescal jorobado,  incapaz de contrariar los deseos de su señor e incapaz de contener por sí mismo el malcontento de los caballeros. Siempre miraba al suelo hasta tal punto que le creció la joroba que tenía. Un pobre infeliz cuyo valor estaba oculto en lo más profundo de sí, sin embargo aun latía con fuerza y vida en sí mismo. Por ello, era el único senescal que mostraba algo de compasión y buen juicio.
Entonces vi como en el salón de madera los caballeros se prosternaban y agachaban la mirada mientras el señor pasaba a su lado. Y sin mediar provocación ni juicio el señor cortó la cabeza a la mitad de los caballeros alojados en la sala e Inmisericordia aplaudía sus actos con gran regocijo. El resto de senescales procuró calmar la ira absurda de su señor pero en seguida fueron apartados y despreciados por él. Y tras un día el señor volvió a pasearse por el salón cortando la cabeza a la mitad de los restantes caballeros. Y pude ver como los cuatro senescales, menos el más leal, el que aplaudía las masacres de su señor,  se rebelaban contra él, pero este reía a carcajadas y hacía visajes con su cabeza.
Entonces escuché como los senescales rebeldes intentaban aliarse con los caballeros, pero estos los despreciaron por todos los desprecios que ellos les mostraron antes. Y los senescales quedaron solos intentando derribar del trono a su señor. Pero pronto se dieron cuenta que ninguna conjura, ninguna acechanza que tendieran contra él serviría de algo, pues ya era tarde.
Y así fueron desterrados del castillo sin posibilidad ni de perdón ni de remisión. Y a grandes gritos recorrían el mundo diciendo: "Ay de nosotros, desdichados, que pudimos hablar y callamos, que pudimos hacer y nos negamos, que pudimos vencer y nos dejamos. Miradnos ahora en nuestra miseria".
Entonces aquel que me llevo a ver esas visiones me dijo: "Guárdate de ellos. Tan dulces como la miel serán sus palabras ahora que se ven al borde de sus peores miserias, pero no olvides cuál de ellos mostraba misericordia, aunque sea oculta y redímele por sus acciones".

Es la hora: estáis preparados, estoy preparado.

Hacía bastante tiempo que no actualizaba este blog, pero, francamente os digo que ha sido algo muy intencionado. Quería reservarme para este post. Un post especial y profundamente sincero.
Hay cosas que, en el master de profesorado, no enseñan. Y una de ellas es cerrar una etapa.
Este viernes tiene lugar esa ceremonia en la que se dice adiós a otro grupo más de 2ºBach. Ya he expresado más veces lo que para mí significaba ese hecho y lo orgulloso que me sentía de los "graduandos".
Esta vez es diferente. Los alumnos a los que el viernes despedimos (a medias, todavía faltan finales y algunas clases de pre-PAU) son para mí especiales. Fueron los primeros a los que acompañé desde 2ºESO. Los he visto crecer, muy a mi pesar, salvo dos o tres casos, de ser yo el que les sacaba una cabeza, a ser ellos los que me saquen una... e incluso dos. No miro a nadie. E incluso con algunos he tenido clases desde ese 2ºESO hasta 1ºBachillerato. Qué pena y a la vez qué alivio de no haberos tenido en 2ºBachillerato.
Tópicos y más tópicos aun, ¿verdad?
Vale, iré al grano.
Vosotros sois el mejor recuerdo que tengo como profesor.
Sí, es verdad y nunca se lo he dicho a nadie tan claramente: en todos los momentos que, como profesor, he tenido de profunda felicidad habéis estado muchos de vosotros.
De TODOS tengo, al menos, una historia en la que pienso y me río y me reconforto en esos breves, pero intensos momentos, en los que pierdes el norte profesional (sí, los profesores somos humanos, más humanos incluso que el resto de humanos a veces).
Y esto, creedme, no se ha conseguido en el aula, no todo al menos. En un 80% o más, se ha conseguido en esos momentos de patio en los que, u os acercabais y me rodeabais (por favor, lo del "piña-piña" dando saltitos a mi alrededor me hace querer meterme bajo tierra y no salir, evitadlo, por Dios, que soy mucho más vergonzoso de lo que parece) o yo me acercaba, que también. Por cierto, cómo me encanta cuando venís a saludar, preguntar y hablar. En muchas ocasiones me habéis reconducido un día un poco regular solo con eso.
Ahora llegaría el topicazo de "me da pena que os vayáis", pero no.
Por primera vez me siento muy contrariado. Me siento muy feliz de que os vayáis, de que vuestra andadura en el colegio haya terminado, porque sé lo que os espera fuera: el mundo. Y estáis preparados para el mundo, aunque aun os faltan unas cuantas lecciones que, lamentablemente, aprenderéis en su mayoría a vuestro pesar. Pero nunca olvidéis lo que más de una vez os he dicho: esas son las cosas que merece la pena aprender, las que vienen a nuestro pesar. Porque son las que dejan poso y te configuran.
Me siento profundamente alegre y profundamente orgulloso de decir: estos hombres y mujeres han sido mis alumnos y son la mejor muestra de lo que las personas deberían ser. Y quien diga lo contrario me encuentra. Y no me refiero tanto a lo académico, sino sobre todo por vuestro carácter, sois lo mejor que ha pasado por mis aulas.
Vosotros estáis preparados, porque creo, profundamente, que estáis destinados a la felicidad. Y siendo un poco más egoísta, estoy preparado para deciros ese "hasta luego" que toca decir.
Aunque no pueda imaginarme el colegio sin vosotros, sin cada uno de vosotros, tiene que ser así. Y ese será el motivo por el que, probablemente, se me escape alguna lagrimilla en vuestro acto (enseño literatura, ¿qué esperabais?) Da igual, después me acordaré de algunos de esos momentos que mencionaba arriba y me pondré a reír. Contrariedad de contrariedades. Todo contrariedad.
En el Libro de Alexandre, uno de los mayores exponentes del Mester de Clerecía del siglo XIII, Alejandro Magno le decía a Aristóteles algo así como "tú eres mi maestro y por ti se clerecía". Me gustaría cambiar la cita, ya que "vosotros fuisteis mis pupilos, por vosotros adoro la clerecía".
Quisiera acabar dándoos las gracias. Unas gracias sonrientes, de las que se dan después de un gran favor, de los que te cambian la vida. Un gracias por ser como sois. Por haberme hecho tan feliz como me habéis hecho. Por esas horas que se pasaban volando. Por lo que me habéis hecho reír, aprender, pensar y disfrutar. Porque, no lo olvidéis, sois mi mejor recuerdo docente. Y sobre todo, por ser el tesoro que un profesor, que dejó toda una vida atrás, encontró y siempre conservará.

HASTA SIEMPRE y GRACIAS

Ella

Es solo otra noche de domingo. Las calles están vacías y ha empezado a nevar. Hay algo muy inquietante en las noches con nieve. Arrastran un silencio sepulcral. 
Una noche en blanco y negro, sin duda. Este sitio no conoce el color. 

Camino despacio dejando que los copos acaricien mi cara. Son suaves, como la caricia de una mujer, de esa mujer, de Ella. Caricias envenenadas.
La nieve acumulada cruje a mis pies. Y por mucho que lo intente no puedo evitar recordar tus caricias.
Fuiste mi presente, eres mi pasado. Parece que te veo al final de la calle, emanando el resplandor de un ángel. Pero no eres tú. Es solo producto de mi mente. Algo que tengo que evitar.
Disciplina, chico, disciplina mental. 

Aquella imagen al final de la calle no desaparece. Ahora distingo con mayor claridad el abrigo azul que siempre llevabas. Lo único coloreado en este mundo bicolor. Ojalá seas una visión. No podría aguantarlo otra vez.

No, no eres una ilusión. Estás ahí mirándome y sonriéndome. Me acerco a ti. No nos decimos nada. Tomo entre mis manos un poco de tu cabello y lo agarro con delicadeza. Ahora te miro a los ojos y me dejo caer. 

Tu beso es una promesa del paraíso. El sabor de tu lápiz de labios y del cigarro que has apagado mientras me acercaba. Tu perfume de jazmín y el recuerdo de los viejos tiempos, los malos tiempos. 

Ahora las caricias de la nieve me resultan gélidas.
Te quiero, Ella.