El mundo es un lugar ajeno.

Camino solo. Es noviembre y es mejor resguardarse del frío, por lo que aprieto el paso. Estoy en una de esas horas en las que se espera que la noche te sorprenda mirando un escaparate o una madre columpiando a su hijo. Un niño sonriente parapetado en mil prendas de abrigo.
No voy a renunciar al placer de atravesar un parque para abrirme paso entre las hojas caídas. A veces pienso en que las hojas tienen su dignidad y les molesta ser empujadas y pisoteadas y que, por eso, crujen de rabia.
Hasta el sol parece perezoso en estos días. Ni siquiera molesta de frente.
Pues bien, mejor seguir caminando y dejarse de reflexionar estúpidamente sobre las bondades de tu estación favorita... chico, hasta para eso eres raro. Todo el mundo ansiando el verano y el calor y tu lo detestas.
Lo detestas porque todo es calor, sudor, alegría y fiesta. Soy raro, odio esas fiestas cuya única excusa es beber, beber y beber. Y oye, no soy falso, soy el primero que agarra una botella de ginebra y no la suelta, pero que nos tengamos que engañar y excusar para agarrarnos un moco... como que no.
Ya estoy cansado de engañarme. Si me quiero beber un gintonic, simplemente me lo bebo, porque me apetece bebérmelo y porque, a lo mejor, me lo merezco. Como en otras ocasiones me apetece una cerveza, un zumo, un vaso de leche o simplemente agua y más agua.
Tengo que pasar por el super, me apetece zumo... y de paso compraré un par de granadas para acompañarlo. Pocas frutas son tan divertidas como una granada. El color es precioso, cuesta lo suyo partirlas, ves sus pepitas y parecen gelatinosas y cuando metes una cucharada de ellas crujen. Me encantan las granadas y qué lástima que sólo sean un fruto de otoño.
Fíjate que solo falta un mes para Navidad y no veo muchos ánimos en el mundo. Creo que llevamos años de Navidades tristonas y deslucidas. Es lo que hay. El mundo me es un lugar más ajeno en este sentido. Quizá sea porque esté, inefablemente, en ese camino de los 30.
Las Navidades son esa clase de fiestas en las que, mentalmente, he sufrido una transición mental. De un año para otro y no sé en qué momento pasaron de ser un canto a la esperanza a un canto a la nostalgia. En pensar en otros años y en los que ya no están.
Me niego a hacerme viejo tan pronto. Pero parece que hay algo en mí que se esfuerza por acelerar el paso. Como yo ahora mismo.
 El sol ya es historia, ya no volverá a salir jamás un 25 de Noviembre de 2011. Ya es historia el día de este día. En cuanto llegue a casa me pongo el pijama, me envuelvo en ropa de abrigo y salgo a la terraza a fumarme un cigarro (por cierto, debería comprar). Ver las cuatro torres y Madrid a sus pies es uno de esos privilegios que tengo en este lugar. Mi, como dirían los portugueses, "luar de sertao". Mi país bajo la luz de la luna. Curioso idioma el portugués, cada palabra es un triste fado a la luz de la luna de noviembre. La luz que apenas riela esta, ya, noche. No me eres tan ajeno, mundo de otoño. Eres yo, te llevo dentro siempre. Frío, taciturno y con una luna menguante.