Alegoría de los Senescales Altivos.

"Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si en algún lugar no os reciben y no os escuchan, marchaos de allí sacudiéndoos el polvo de la planta de vuestros pies en testimonio contra ellos". Marcos 6, 10-11

¿Quién eres tú?-escuché con voz potente desde el rincón más oscuro de la noche- ¿Quién eres tú?-insistí yo.
-YO SOY y ante ti dispondré y actuaré conforme SOY.
En ese momento me sentí atrapado por una ola. Fui transportado a un mundo más allá del mundo. Una dimensión más allá de la gnosis.
De repente me vi rodeado de los muros de un castillo con cinco puertas. Vi legiones enteras de caballeros entrando por la puerta del sur y saliendo a las batallas por la misma. Solo que a medida que cada vez menos volvían de las batallas. Y en el interior del castillo una sala de madera roja y al fondo el señor del castillo envuelto en el humo de negros incensarios.
Los caballeros volvían de sus batallas y rendían homenaje a su señor, en su trono de madera y humo. Pero el señor les volvía la cabeza y les despreciaba.
En ese momento aparecieron cinco senescales frente al trono que escudaban con sus propios cuerpos el trono de su señor. Reían sus gracias y alababan con hipérboles su clarividencia en el cuidado de su reino, sabiendo que era mentira.
El primero de ellos lucía una máscara de terciopelo blanco ocultando su verdadero rostro carcomido por la lepra. Y de este senescal leproso no salía nada que fuera ni útil, ni real, ni valiente. Pues su única preocupación era que su máscara no dejara ver su verdadero rostro.
El segundo de ellos era el más fiel al señor del castillo y de quien no salía sino crueldad. En su mano llevaba un látigo largo hecho con sus propios cabellos.
El tercer senescal era un arribista venido a más y sin más miras que sus propios asuntos que despachaba conforme a su falta de entendimiento.
El cuarto senescal era el senescal mudo, su propia mirada fingía ser la de un caballero noble y curtido en mil batallas, pero no lo era. Permanecía oculto para todos en la parte más sombría frente al trono e incluso estaba oculto para sí mismo. Hasta tal punto que había olvidado su propia naturaleza. Triste y desgraciado hombre que había olvidado quién era.
Y el quinto senescal era el senescal jorobado,  incapaz de contrariar los deseos de su señor e incapaz de contener por sí mismo el malcontento de los caballeros. Siempre miraba al suelo hasta tal punto que le creció la joroba que tenía. Un pobre infeliz cuyo valor estaba oculto en lo más profundo de sí, sin embargo aun latía con fuerza y vida en sí mismo. Por ello, era el único senescal que mostraba algo de compasión y buen juicio.
Entonces vi como en el salón de madera los caballeros se prosternaban y agachaban la mirada mientras el señor pasaba a su lado. Y sin mediar provocación ni juicio el señor cortó la cabeza a la mitad de los caballeros alojados en la sala e Inmisericordia aplaudía sus actos con gran regocijo. El resto de senescales procuró calmar la ira absurda de su señor pero en seguida fueron apartados y despreciados por él. Y tras un día el señor volvió a pasearse por el salón cortando la cabeza a la mitad de los restantes caballeros. Y pude ver como los cuatro senescales, menos el más leal, el que aplaudía las masacres de su señor,  se rebelaban contra él, pero este reía a carcajadas y hacía visajes con su cabeza.
Entonces escuché como los senescales rebeldes intentaban aliarse con los caballeros, pero estos los despreciaron por todos los desprecios que ellos les mostraron antes. Y los senescales quedaron solos intentando derribar del trono a su señor. Pero pronto se dieron cuenta que ninguna conjura, ninguna acechanza que tendieran contra él serviría de algo, pues ya era tarde.
Y así fueron desterrados del castillo sin posibilidad ni de perdón ni de remisión. Y a grandes gritos recorrían el mundo diciendo: "Ay de nosotros, desdichados, que pudimos hablar y callamos, que pudimos hacer y nos negamos, que pudimos vencer y nos dejamos. Miradnos ahora en nuestra miseria".
Entonces aquel que me llevo a ver esas visiones me dijo: "Guárdate de ellos. Tan dulces como la miel serán sus palabras ahora que se ven al borde de sus peores miserias, pero no olvides cuál de ellos mostraba misericordia, aunque sea oculta y redímele por sus acciones".