Ella

Es solo otra noche de domingo. Las calles están vacías y ha empezado a nevar. Hay algo muy inquietante en las noches con nieve. Arrastran un silencio sepulcral. 
Una noche en blanco y negro, sin duda. Este sitio no conoce el color. 

Camino despacio dejando que los copos acaricien mi cara. Son suaves, como la caricia de una mujer, de esa mujer, de Ella. Caricias envenenadas.
La nieve acumulada cruje a mis pies. Y por mucho que lo intente no puedo evitar recordar tus caricias.
Fuiste mi presente, eres mi pasado. Parece que te veo al final de la calle, emanando el resplandor de un ángel. Pero no eres tú. Es solo producto de mi mente. Algo que tengo que evitar.
Disciplina, chico, disciplina mental. 

Aquella imagen al final de la calle no desaparece. Ahora distingo con mayor claridad el abrigo azul que siempre llevabas. Lo único coloreado en este mundo bicolor. Ojalá seas una visión. No podría aguantarlo otra vez.

No, no eres una ilusión. Estás ahí mirándome y sonriéndome. Me acerco a ti. No nos decimos nada. Tomo entre mis manos un poco de tu cabello y lo agarro con delicadeza. Ahora te miro a los ojos y me dejo caer. 

Tu beso es una promesa del paraíso. El sabor de tu lápiz de labios y del cigarro que has apagado mientras me acercaba. Tu perfume de jazmín y el recuerdo de los viejos tiempos, los malos tiempos. 

Ahora las caricias de la nieve me resultan gélidas.
Te quiero, Ella.