Casi año y medio después

Quizá la emoción de epilogar una y otra vez me haya devuelto hasta aquí, no lo sé, pues tras leer unas tres veces seguidas la última entrada que escribí hace, casi, año y medio, tenía ciertas dudas sobre si era buena idea volver para escribir nada.

Siempre, yo el primero, hemos sido todos defensores del "si no tienes nada que decir, cállate", y en estos tiempos en los que se habla sin parar sobre lo que no se conoce o apenas se sabe, romper esta norma es, a todos los efectos, una contradicción deletérea. Pero ¿quién soy yo para autocensurarme la necesidad de escribir para no decir nada?

La verdad, estoy mintiendo: tengo mucho, muchísimo que decir. Pero en los últimos años he adquirido el don de la prudencia, o, dicho de otra manera, me han arrancado de cuajo la espontaneidad, el decir lo que pienso a bocajarro ya no es una opción. Por eso, paladeo obscenamente cada palabra en la que pienso antes de escupirla por la boca o vomitarla mediante teclas o tinta. Triste el mundo adulto, ¿verdad?

Recapitulación del último año y medio: todo sigue igual. Fin de la recapitulación. Posdata a la recapitulación: sigo gordo, soltero y huraño. Me preocupa lo del hurañismo: cada vez más encerrado en mí mismo, con menos capacidad de entender, de escuchar, de confiar en otros. Por este ser huraño, quizá, sólo quizá, haya espantado una de las mejores oportunidades que he tenido de romper con la soltería: en cada abrazo, en cada conversación absurdamente edulcorada, en cada mirada, en cada beso, algo me arrastraba hacia atrás. Un curioso duelo interno entre (y aquí viene un tópico de lo más manido, ojo) cabeza y corazón del que yo procuraba alejarme mientras intentaba saborear cada abrazo, cada conversación absurdamente edulcorada, cada mirada o cada beso. Algo tiraba de mi con fuerza hacia atrás: "¿qué estás haciendo? ¿ahora que has aceptado tu camino solo vas a meterte en complicaciones? ¿qué coño haces pensando en algo serio? ¿Otra vez quieres pasar por aquellos meses?"... Soy gilipollas, qué se le va a hacer.

Hoy vi una película en la que se decía una frase, hay que reconocerlo, de lo más odiosa: "merezco tener una historia de amor". Y el tirano sentimental bernardalbesco que me domina, enseguida dio un bastonazo al suelo y gritó "Silencio" ante la más que posible mini batalla mental que se aproximaba. Bien hecho, supongo. Pero aquí estoy, escribiendo, cuando supuestamente no tenía nada que escribir. 

No hay que confundirse, señores. Estoy bien. Simplemente, de vez en cuando, vuelve el fantasma de los sentimientos pasados y uno, que a pesar de todo, esconde en el sótano de su personalidad, amordazado y maniatado, a un ñoño, pues se deja llevar. 

Supongo que si ese ñoño interno tomase el control en algún momento podría decir cuánto se arrepiente de no haber corrido tras el, más que posible, último tren de la estación. Podría decirle a esa persona que desea volver a pasar otra tarde con ella para ver una peli, hablar de libros y mirar todo el perfil de la ciudad sentados en la terraza de mi piso amorrados a una botella de vino blanco. Pero quizá no pase y el agua pasada no mueve molinos y el pasado es leche derramada y todo eso que se dice. 

Debo irme ¿Cuándo volveré? Pues... ¿quién sabe? Entre esta entrada y la anterior han pasado casi 17 meses, mientras que entre la entrada anterior y la anterior pasaron casi tres años. Quizá cuando tenga algo que no-contar o no-decir, como ahora, vuelva. O no, tengo un doctorado en guardarme cosas para mí.

Sólo una cosita más: Feliz Navidad y Feliz 2020.

MGR

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