Toda una vida

 No hay más mundo que el que se encerraba en aquellas cuatro mínimas paredes. Nada importa más que esta noche, este momento, esta luz frágil… este baile.

“Toda una vida te estaría mimando, te estaría cuidando, como cuido mi vida que la vivo por ti”- susurraba en mi oído mientras nos movíamos al ritmo de Machín. Solo quería llorar, tras tantos años, solo quería llorar y acariciar su rostro surcado de tiempo y espacio. 

A pesar de ello, reconoció mi mirada y sonrió, igual que su mirada me reconoció la primera vez que se cruzó con las mía en aquel mundo gris que parecía querer acabarse cada día, sin alicientes… Estabas tan guapo con tu uniforme del ejército… tú me decías lo mismo, pero tú estabas más guapo. Las guardias hicieron el resto, historias de la “mili”, lo llamaban. Salvo que esta no la podíamos contar cuando se acabó y cada uno nos fuimos por nuestro lado en aquel Madrid tan gris.

Jamás le confesé las ganas que tenía de llamarle en cuanto llegué a casa y arrojé mi petate a los pies de mi cama. Dos días más aguanté, no sin antes asegurarme de que no hubiera nadie en casa y en cuanto la chica que servía en tu casa colgó diciéndome que no estabas, sonó el timbre. Y allí estabas, vestido de civil, con tu pantalón, tu corbata y tu pelo rubio peinado hacia atrás.

Fue la primera vez que acabamos en la cama. Eso no se olvida. Cuando acabamos, nos quedamos mirándonos en silencio. Y entonces nos vestimos y de la radio, que habíamos puesto para silenciar lo que pasó, salió la canción que ahora bailamos. Y la bailamos por primera vez.

Acordamos vernos al menos una vez a la semana, en una finca que mis padres tenían en la sierra. Los martes por la tarde, concretamente… los martes no pasa nada y menos por la tarde. A nadie le llamaría la atención que dos niños bien de Madrid fuesen cada uno con su coche a una casita de campo de la sierra. Irían de ojeo, o a ver la propiedad… nadie preguntaba cuando se tenía un apellido intachable.

Hubo un martes irrepetible de junio, ¿lo recuerdas?, nos quitamos las camisas, las echamos en la tierra y allí nos tumbamos, tu cabeza en mi cintura, yo ladeado, apoyado sobre mi mano derecha. Ahí tampoco importó nada más que nosotros.

Y tras ese verano llegó el otoño y empezaron los asuntos que hicieron que los martes fueran espaciándose en uno de cada dos, y luego uno de cada cuatro y luego uno cada doce o más… Dos hijos únicos de buena familia debían casarse y así hicimos y los martes acabaron, pero ambos sabíamos que nos merecíamos más martes. De vez en cuando nos vimos, hasta que mis negocios me llevaron a Roma. Quizá ya no lo recuerdes, pero viniste a verme un fin de semana que ni mi mujer ni mis hijos estaban. Tuvimos que ser muy mañosos para mentir a nuestras familias, tú para venir, yo para no irme de Roma con mi familia. ¿Recuerdas lo que me dijiste sentado junto a los Cuatro Ríos de Bernini? Sí, que habían pasado veinte años desde la mili. Siempre tuviste mejor memoria que yo. Aquellos días grises de Madrid ahora, por lo que me dijiste, eran muy coloridos… “Movida”, lo llamaban. El mundo empezó a rodar mucho más rápido de lo que ni tú ni yo habíamos pensado, quizá, con el tiempo, gente como nosotros ya no se tendría que esconder, nos decíamos. Y no andábamos errados. Si tuviéramos ahora muchos años menos, quizá podríamos habernos casado.

Me hubiera gustado envejecer juntos, en la casita de la sierra, como aquel martes de junio tirados en la tierra. Pero elegimos mala época para nacer. Y desde hace unos años, desde que enviudé y mis hijos me metieron en esa residencia, solo me dediqué a buscarte, porque tras lo de Roma, dejamos de vernos durante años. Entre aquella visita y hoy, como mucho nos habremos visto tres o cuatro veces, pero siempre acabamos bailando nuestra canción, la misma que sonó la primera vez que nos acostamos, la misma que suena ahora.

Y tras años y achaques, te descubrí aquí y vine a verte y aquí estamos.

Sabía que tenías esa puta enfermedad que te hace olvidarlo todo y por eso traje este aparato de música con una sola canción: “Toda una vida” de Machín. Y en cuanto te la puse, tus ojos vacíos mirando por la ventana se llenaron de brillo. Creo que has reconocido mi mirada y por eso me has sonreído. Me has abierto los brazos mientras lloraba, como queriendo consolarme. Y he escuchado tu voz, por primera vez en años, susurrando la letra de la canción: “Toda una vida me estaría contigo, no me importa en qué forma ni dónde ni cómo, pero junto a ti”. Me has apartado y te has puesto de pie, te tiemblan las piernas, el peso de la edad que me hace a mí cojear… Y bailamos. Despacio. Viejos. Decrépitos. Y si esta es la última vez que nos vemos, me esforzaré por hacerte recordar por un instante, que nos queda toda una vida.



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