Y tú ¿hasta dónde llegarías por amor?

"Yo también lo sé: nunca me amó. ¿No amaba a ese infeliz escudero cuando se unió a él en indisolubles lazos? ¡Loco, insensato de mí! Ah, quien quiera que seas la que vienes a implorar mi espada, ¡cuán poco conoces el corazón del hombre! ¡Un amante correspondido, un mortal feliz es invencible; a un miserable despechado y aborrecido un niño le vence!".

El doncel de don Enrique el Doliente. Cap. XIV.
Mariano José de Larra.



Acababa de anochecer en Madrid. El viento frío de febrero azotaba con fuerza las ventanas de la casa de Larra. Olía a lluvía, quizá a nieve. La chimenea crepitaba.
Fígaro, sentado en su silla, perdía su mirada en la llama de un quinqué. Sujetaba su cabeza revolviéndose el pelo. El nudo de su corbata deshecho. Las manos frías. Sus pensamientos en aquel viaje inútil a Ávila. Papel en blanco con goterones de tinta de un color tan negro como sus recuerdos. 
Así es mi vida, un papel en blanco con salpicaduras informes en negro- pensaba para sus adentros.
Hasta cierto punto no sabía si lo que acababa de oír era un flagelo de viento contra sus ventanas o los nudillos de alguien llamando delicadamente a su puerta. No lo sabía, estaba ocupado compadeciéndose de sí mismo, de Dolores, de la España que le había tocado vivir.
Volvió a oírlo y despertó de sus pensamientos. Se levantó de golpe. Mientras caminaba hacia la puerta reanudó su corbata y se puso una levita. De repente sentía frío. Abrió la puerta.
Nada podría haberle preparado para un momento semejante. Sus pensamientos se hicieron tan claros que fue incapaz de contener una sonrisa que le vidrió los ojos.
Era ella, la mujer a la que amó más que a nada en ese mundo. Se moría por estrecharla en sus brazos, por besarla, por amarla noche y día. Por decirle "TE AMO". Fabriquemos un mundo y un tiempo a nuestra medida".
Sin embargo pronto percibió su rostro sombrío. Un tocado apuntillado de color turquesa cubría sus ojos. Larra temió más que nunca.

Apenas pudo darse cuenta que Dolores no venía sola. Lanzó una mirada fría a la otra mujer, él la conocía, la hermana del esposo de Dolores.
-No tengo tiempo. Es de noche. Hablemos- espetó Dolores con una locuacidad muy calculada.
Fígaro no pudo hacer gesto alguno. Las dejó pasar. Su amada le decía a su cuñada que esperase allí. Larra y Dolores pasaron a un cuarto contiguo, el del escritor. La ventana seguía recibiendo golpes de viento.

-Mariano- hablaba la mujer con voz queda- no puedes seguir viéndome.
Parecía haber calculado al milímetro las palabras de su discurso.

-No puedes obligarme a hacer algo que no quiero...
-Por favor, Mariano, escuchame. Yo...
-No puedes impedirme hacer lo que no quiero, porque sencillamente no puedes salir de mi cabeza, no quiero que salgas de mi vida.
-Quiero recuperar mi vida. ¡Mi matrimonio!. Estuve a punto de perderlo todo por ti. He hecho cosas que jamás me perdonaré por tu culpa. Sólo necesito recuperar mi vida.

-¿recuperar tu vida? Dolores, escúchame. Tú misma me dijiste que querías ser feliz, que tu matrimonio no iba a parar a ninguna...
-¡ESO FORMA PARTE DEL PASADO!
Larra clavó sus ojos en los de Dolores. Esta retiró la cara, cerró los ojos y una lágrima se desprendió de ellos. Hubo un instante eterno de silencio. Agarró sus hombros.
-Dime que no me amas, Dolores - susurró Fígaro mientras iba acercando su cabeza a la de ella hasta que sus frentes se tocaron- Dime que todo lo que vivimos no significó nada para ti.- su voz se iba quebrando.- Dime que lo nuestro sólo fue producto de la locura de dos jóvenes. Dime que el mundo no parecía otro en aquellos días... Dimelo.

Larra había empezado a llorar. Dolores se separó de él bruscamente. Lloraba también. El escritor tomó cuenta de un pequeño paquete que llevaba entre sus manos. 
-Son tus cartas, Mariano. No quiero tenerlas.- las tiró y casi las introdujo en la chimenea, pero le faltó fuerza.
En aquel momento Fígaro supo que no había nada que hacer. Sus ojos estaban clavados en el paquete de cartas frente a la chimenea. Pasados unos instantes de silencio Dolores hizo ademán de irse. Larra interrumpió su paso.
-Nunca podré dejar de amarte. Porque sabes que te amo. Tú eres la única luz que aclara mi mundo oscuro en estos tiempos de esperanzas frustradas... - Larra hablaba con una lentitud grave- por favor... no me dejes.
Dolores abrió la puerta y sin atreverse a mirar hacia atrás dijo adiós. La puerta principal se cerró dando un portazo. Los tacones de las dos mujeres se hacían cada vez más imperceptibles. 
Larra apoyó sus brazos en el escritorio. Miró el papel sobre su mesa.
-Soy un papel en blanco con manchas negras de tinta...


Dolores se alejaba en silencio, tragándose sus lágrimas. Un pensamiento se iba haciendo más fuerte conforme se alejaba: Te Amo.


Un golpe seco la sobresaltó. El funesto ruido de un disparo.
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En recuerdo a Mariano José de Larra en el 175º aniversario de su suicidio. 
Madrid 2012.

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