ANTES DE EMPEZAR A LEER: vete al margen izquierdo abajo y apaga la música, te hará falta. Sin duda alguna, si tanto me atrae el Siglo de Oro es porque a pesar de todo se sabía vivir, se disfrutaba la vida, la gente sabía reírse sanamente de todo y de todos a pesar de vivir la más miserable de las épocas. Sin duda es una gran lección que deberíamos aprender TODOS: aprender a sonreír al mal tiempo. Y aquí es donde aparece Juan Arañés, un compositor a caballo entre los siglos XVI y XVII que compuso, a mi juicio, la mejor pieza que canta a la sana diversión y a la risa de todos de la época. La chacona "A la vida bona", también llamada "el sarao de la chacona". Aquí lo tenéis, ponerla bien alto y seguir leyendo: Me puedo imaginar lo que pasaba en los palacios, en las plazas o en los teatros cuando sonaba esta pieza. Me imagino que la gente se la sabría de memoria, la cantaría a gritos y la bailaría con apasionamiento, supongo que, como toda chaco...
Por si no se lo habia dicho a nadie: EL AMOR DA ASCO!!!!. He intentado comprenderlo, he intentado respetarlo y Dios sabe que hasta he intentado acercarme sin hastío pero nada asi que si queria pasar de mi ahora yo voy a pasar de él. Lleva desterrado muuuuucho tiempo de mi vida pero ahora te digo, maldito hijo de puta con ricitos de oro y michelines en las piernas, TE VAS A CAGAR!!! Intenta algun día acercarte a mi que te voy a placar a lo bestia!!!! Por cierto, In-Feliz San Ballentine's, porque me pienso dar un homenaje por no estar enamorao y ole yo!!! si alguien se apunta estoy dispuesto a beber con él o ella. PD-que pena no tener el photoshop en este ordenador pa borrar las letras de la imagen...
Cerró la puerta con un clic suave. Una casa vacía, y dentro, ellos: M y F. La levedad del clic sonó como una señal reverente, como si cada átomo de la estancia se dispusiera a recibir lo sagrado de lo que estaba por ocurrir. Era de noche. El silencio, fuera y dentro, se sostenía con un respeto casi litúrgico. Era abril. Por la ventana abierta se colaba la segunda luna llena de esa primavera, rielando entre el leve ondeo de la cortina. Una brisa suave perfumaba la estancia de tomillo, retama, mimosas y resina quemada. Dentro, solo la luz trémula de una lámpara. Su resplandor arrojaba sombras alargadas que trepaban por el suelo y las paredes, como espectros informes estremeciéndose con la quietud expectante del aire. No era miedo lo que los inmovilizaba, era algo ancestral: dos cuerpos descalzándose por un saber heredado de siglos, como si escucharan aquella voz tronante que les susurraba: “desnuda tus pies de las sandalias, pues la tierra que pisas es tierra sagrada”. M dio la e...
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